miércoles, 24 de febrero de 2010
Somos como ellos.
¡Correte, viejo de mierda! – gritó el colectivero de la línea 127 por la ventanilla a un señor que le reclamaba desde la calle haber parado sobre la senda peatonal.
¿Cuántos insultos discriminatorios como este escuchamos por día? ¿Cuántas veces tildamos de “algo” a alguien prejuiciosamente por su aspecto, color o creencia? ¿Cuantas veces hasta por costumbre? Los chinos, los bolitas, los paraguas, los villeros. ¡Y después volvemos indignados de otros países porque nos llaman sudacas y nos discriminan! Hay una palabrita muy rara y difícil de pronunciar que no está en mi Pequeño Diccionario Escolar (y por algo no está): “Etnocentrismo”. Significa que creemos que nuestra “etnia”, nuestra Nación, nuestro pueblo, nuestra cultura es el centro de todo y es la mejor. Por eso no entendemos y algunos no aceptamos los rituales y costumbres que personas de otras naciones realizan en nuestro país. ¿Por qué esas personas están en nuestro país? ¿Por qué vienen a robarnos el trabajo como dice mucha gente? ¿Por qué en su país no le pueden robar a nadie como dicen muchos familiares míos? No. Nada más lejano. Son exiliados económicos. Ellos en sus países sufren aún peor que nosotros la corrupción política de sus funcionarios públicos. Por eso estaría bueno reflexionar que el “paraguayo” o el “argentino” del otro lado del Zanjón tiene nombre, apellido y una familia.
Y al fin y al cabo somos todas personas.
Maximiliano Marín
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