“Yo estaba junto a vos sobre tu grito besándote feroz
la indigna muerte mientras te ibas volando
al infinito fulgor de la mañana indiferente”
Jorge Fandermole
25 de junio para 26. La noche se arrimaba, el frío de todos los inviernos allí. Aún perduraban en los cuerpos, como una sensación que conoce la alegría de la bronca y el repudio, las expresiones artísticas que se desenvolvieron el viernes en la “Estación Darío y Maxi”.
8 años pasaron de esa matanza. La organización y la lucha persistentes van hacia las calles y enjuician desde la acción y desde la palabra de denuncia a los mayores responsables de la masacre. Entonces y por ello: juicio popular, condena social.
“Gracias por el hecho de que estuvieron. Gracias por el hecho de que están. Hermosa noche: se huele la solidaridad, se huele la fidelidad, se huele lo que es la militancia, se huele que acá están los espíritus alegres de Darío y Maxi”. Las palabras pertenecen a Alberto Santillán, papá de Darío, y fueron expresadas durante el acto realizado hacia el final de la jornada cultural.
Y continuaba Alberto su relato cargado de ‘la rabia que empuja’. En la estación ex Avellaneda, colmada de luchadores y luchadoras, hablaba desbordando la emoción de un padre que jamás bajó los brazos y se lo sigue viendo allí, firme, hablando con el odio, vital por cierto, desde la bronca: “Darío siempre se consideró sangre de los caídos. Y yo sé que muchos de los jóvenes que están acompañándonos acá se consideran la sangre caída de Darío y Maxi. Esto es una demostración cabal para decir: ¡Mirá, Duhalde asesino! ¡Mirá, Solá asesino! ¡Mirá, Kirchner cómplice! Mirá justicia, que hace 8 años que estamos acá esperando y que lo único que hacés es ser rápida para cagar a los luchadores sociales, para meter presos a los que menos tienen. Pero que realmente lo que tiene que hacer es meter presos a los asesinos de Darío y Maxi que siguen encolumnados en el poder presentándose a elecciones como candidatos a presidentes: ¿Candidatos a presidentes de qué? ¡Candidatos a la cárcel!
Luego de la vigilia, de dormir a la vera del Puente Pueyrredón, donde tantos sueños siguen tejiéndose, las columnas se multiplicaron. Quince mil personas alojó el puente bajo cánticos que recordaban a Darío, a Maxi, a tantos luchadores asesinados, al tiempo que el reclamo de juicio y castigo a los responsables políticos se hacía escuchar.
La lectura del documento conjunto, firmado por organizaciones de trabajadores desocupados, de Derechos Humanos, estudiantiles, culturales y otras, fue seguida por la palabra de Vanina, la hermana de Maxi, y de Alberto, papá de Darío.
Las lágrimas se mezclaban con la lucha. La bronca, con la alegría de reconocer que Darío y Maxi estaban ahí. Y también con la certeza de que seguirán estando.
Y así es como entona Jorge Fandermole: “La mano que me mata no me llega ni al límite más bajo de mi hombría aunque me arrastren rojo en las veredas con una flor abierta a sangre fría. Hoy necesito un canto piquetero que me devuelva la voz silenciada, que me abra por la noche algún sendero pa’ que vuelva mi vida enamorada...”





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